Archivo para la categoría ‘Entrevistas’

Book on trafficking

18 junio, 2010 por ricardo

Escucha a Lydia en España

19 enero, 2010 por ricardo

YO DONA: Entrevista a Lydia Cacho

2 min 55 s – 27 Nov 2009
La periodista mexicana, de visita en España, exlica en YODONA.COM sus opiniones sobre la desigualdad de género y cómo solucionar este problema
www.youtube.com/watch?v=ZjlF8Jv3-4M Vídeos relacionados

No me han destruido. Entrevista a un año

17 diciembre, 2006 por Lydia Cacho Ribeiro

Entrevista por Felipe de Jesús González. Publicada en El Universal
“Sigo en peligro, pero el miedo es un buen motor para activarte”, dice la autora de ´Los demonios del Edén´. El apoyo de la gente le ha permitido mantenerse sólida y emocionalmente más estable de lo que podría estar tras lo vivido, luego de denunciar un caso de pederastia

Hace dos semanas Lydia Cacho soñó que llegaba un judicial hasta su cama, le colocaba el cañón de la pistola en la frente y le decía con risa burlona: “Ahora sí… de ésta no te escapas”. Agitada, encendió la luz e intentó, sin éxito, leer un libro, mientras el sudor escurría por su frente. A esas horas de la madrugada decidió llamar a una hermana que es sicóloga. El dictamen fue contundente: “Ya se va a cumplir un año de tu detención y, aunque seas muy fuerte y creas que tienes todo bajo control, el cuerpo tiene memoria. A esto se le llama trauma”.
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Aun amenazan a Lydia Cacho los demonios del poder

16 diciembre, 2006 por Lydia Cacho Ribeiro

“Redes de apoyo me mantienen firme”
Entrevista de Lourdes Godínez Leal. Cimac

Para Lydia Cacho Ribeiro, luego de un año de enfrentar el proceso penal por difamación que inició en su contra el empresario Kamel Nacif, actor principal en el libro sobre pederastia “Demonios del Edén”, las presiones de los hombres del poder no terminan, como tampoco el interminable tráfico de influencias que opera el gobernador de Puebla, Mario Marín, para defender a Kamel y a él mismo, y que ahora extiende hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), encargada de resolver el caso.

En entrevista con Cimacnoticias, la periodista y escritora interpreta la acción del “gober precioso” de donar un terreno para que la SCJN construya un tribunal en este estado como un juego de poder ante la opinión pública para decirle de una manera indirecta “yo tengo la protección de los más altos niveles de poder”. Porque, además, junto al ministro presidente de la Corte, Mariano Azuela Guitrón, afirmó que el de Lydia Cacho “era un caso cerrado” y Marín era inocente.
Pero lo más grave, dice Lydia, es que el ministro de la SCJN Mariano Azuela haya guardado silencio ante la declaración de Marín de que su caso estaba cerrado y él era inocente “no debió haber guardado silencio”.

REDES DE AYUDA, REDES DE IMPUNIDAD
Para Cacho este fue un año en el que conoció las redes de apoyo que la mantienen firme. Pero también las redes de influencias y corrupción que le impiden terminar con el episodio de la demanda y la presión del poder, que se sintetizan en una nueva demanda, la indiferencia de las autoridades judiciales (porque hay otros temas más importantes).

A un año de los hechos, Lydia Cacho aún padece las secuelas del trauma que le provocó su detención. Con la voz entrecortada y la cara desencajada, recuerda lo difícil que ha sido este año en donde “he tenido muy poco tiempo para ser víctima y convertirme en sobreviviente, me he dedicado a ser ministerio público, agente investigador, perita y víctima otra vez”.

“EL GOBER PRECIOSO Y EL MAGISTRADO”
Además, Cacho Ribeiro enfrenta una nueva demanda, ahora de Edith Encalada, la víctima principal de Succar Kuri, quien la demandó por haber utilizado su testimonio públicamente. Para Cacho, quien lamentó la situación, confía en que la demanda no prosperará porque de lo que se trata aseguró, “es de dinero”.

Con los ojos cerrados y espaciando sus comentarios porque la voz se le va, Lydia Cacho recuerda su historia, que dice, aún permanece fresca en su memoria por lo traumático que fue y es. Y analiza qué permitió su detención y qué le salvó la vida: se refiere a las redes.
Para la también directora del Centro Integral de Atención para la Mujer (CIAM) de Cancún, las redes de corrupción de servidores públicos, empresarios poderosos y gente que se dedica a la producción de pornografía infantil y trata de niños y niñas para explotación sexual, que se sintieron amenazados ante la publicación de su libro, permitieron su detención en Cancún el 16 de diciembre del 2005.

Pero por otro lado, lo que le salvó la vida, fueron las redes de mujeres que evidenciaron que se trataba de algo más allá que una simple detención, se trataba, dice, “de un castigo muy puntual a una periodista que además por ser mujer, fue castigada de una manera muy específica con amenazas de violencia sexual, de una golpiza y la tortura de 20 horas de camino de Cancún a Puebla”, y por supuesto, la red de periodistas “que trabajaron como un reloj para salvarme”.

“Yo creo que es una buena muestra de cómo funcionan las redes en lo positivo y en lo negativo, desgraciadamente el poder formal que tienen estas redes de corrupción está ahí patente, el gobernador de Puebla, la Procuradora, la jueza, están actuando como si nada hubiera sucedido, tratando de desestimar por completo el caso”, agrega.
A Lydia Cacho le ha quedado más claro que nunca lo que significa la violencia de Estado, la violencia misógina y considera que si los medios no continuaran dándole un espacio, ya no estaría viva.

A lo largo de este año ha tenido que enfrentar amenazas de muerte de todo tipo, compra de sicarios, intimidaciones, pero ella sigue haciendo su vida dentro de lo “normal” pero convencida “de que una víctima de violencia en este país no puede utilizar sus herramientas personales para convertirse en sobreviviente y para salir adelante si no cuenta con redes sociales que le protejan y que le ayuden a salir adelante, yo soy una prueba viviente”.

EL PROCESO LEGAL
En febrero de este año, la feminista Cacho Ribeiro interpuso una demanda penal ante la Procuraduría General de la República y su fiscalía especial para delitos violentos contra mujeres (Fevim) que preside Alicia Elena Pérez Duarte y otra ante la fiscalía especial para periodistas, contra el gobernador poblano Mario Marín, Blanca Laura Villeda, procuradora estatal, la jueza de Puebla y los judiciales que la aprehendieron, por tráfico de influencias, abuso de autoridad y diferentes formas de tortura.

Lydia Cacho explicó que debido a la lentitud de los ministerios públicos de la fiscalía para periodistas se dio tiempo para que “la red criminal y de poder poblana” intimidara a los testigos de la fiscalía, es más, dijo que ha perdido testigos de Puebla porque tardaron muchos meses para interrogarlos y fueron amenazados de perder el trabajo, incluso su carrera si testificaban.

Cacho insistió en que el “gober precioso” y su gente se ha dado a la tarea de eliminar pruebas a partir de que obtuvo su expediente en la fiscalía y en donde ella describe y detalla los lugares en que permaneció durante su detención y con ello demuestren que “estoy loca y que soy mentirosa”.

Para Lydia Cacho, este es “un ejemplo extraordinario de la capacidad de corrupción y de abuso de poder pero además del descaro brutal como lo hacen”.
Testigos falsos, eliminación de pruebas, intimidación de testigos, han permeado el caso durante este año en el que Cacho Ribeiro esperaba tener logros, pero está convencida de que ganará la batalla aunque requiera más tiempo.
En cuanto a la SCJN, Cacho comentó que los ministros han declarado que existen elementos indiciarios suficientes para considerar que Mario Marín cometió tráfico de influencias, pero aclara: “Hay que entender que la SCJN no es el juez de mi caso, ellos son el juez a una solicitud del Congreso sobre violación a los derechos humanos en la que esta implicada una red de pornografía y abuso sexual”.

LA PGR CONGELA EL CASO
Según Cacho Ribeiro, a un mes de que Vicente Fox concluyera su administración, las fiscalías “estaban listas” para detener a algunos personajes de esta historia, sin embargo, por causas que la misma periodista desconoce, la PGR decidió “congelar” el caso.

Después de varios intentos, relata Cacho, logró una entrevista con el procurador Daniel Cabeza de Vaca para hablar del caso Succar. Cacho recuerda lo sucedido en esa reunión: “El procurador me dijo que el caso Succar estaba siguiéndose puntualmente y que no me preocupara que ahí no iba a haber tráfico de influencias para ayudar a Succar, que iba a ir conforme a derecho”.

Pero al final de la entrevista el procurador le dijo a Cacho –pese a que no fue tema de la conversación, según la misma Lydia Cacho refiere— “tu caso no me preocupa, eso es otra cosa”.

Para Lydia Cacho es más que claro que este “congelamiento”, tiene que ver con las negociaciones políticas que hicieron con el PRI y con Mario Marín de que ya no querían tener más problemas teniendo Oaxaca encima”.
Con la nueva administración y el nombramiento de Eduardo Medina Mora como nuevo procurador, Cacho espera que todo se siga “conforme a derecho”, aunque dijo que 2007 continuará siendo “un año difícil para ella”.

“Contra los peores criminales”. Entrevista en Glamour internacional

21 noviembre, 2006 por Lydia Cacho Ribeiro

glamour.jpgHace unos meses me entrevistó Mariene Pearl para la revista Glamour, en su edición Internacional. Al principio vacilé para hacer una entrevista en una publicación que, si bien es prestigiada y posee una buena reputación, sus temas predominantes suelen ser asuntos de belleza, moda y el llamado “soft news”. Sin embargo el profesionalismo y la convicción de Mariene Pearl me convencieron. Es una periodista y directora fílmica admirable, dedicada a las mejores causas. Su libro, Mighty Heart: The Brave Life and Death of My Husband, Danny Pearl, sobre el asesinato de su esposo en Afganistán, es emblemático por la defensa de los periodistas caídos en los conflictos políticos. Por lo demás, el texto que sigue es atestigua cabalmente la calidad de la entrevistadora. Publicado en Glamour internacional. Diciembre, 2006

Ver video en Glamour.

Global diary…Mexico She stands up to the toughest criminals
Mexican thugs and corrupt politicians hate Lydia Cacho—and fear her exposes. Mariane Pearl talks to a woman who hasn’t let jail or threats of rape and death stop her from writing the truth.

When I first heard about Mexican journalist Lydia Cacho, I knew I wanted to meet her. This remarkable woman created an international uproar last year after she wrote a book claiming that local power brokers were tied to a pedophile ring in the popular resort town of Cancun. But she, and I, had a problem: Too many people wanted Lydia dead.

For the past two decades, this beautiful 43-year-old has given a voice to Mexico’s women, children and victims of abuse. She has written about everything from domestic violence to organized crime and political corruption. As a result, she has been jailed and threatened with rape and death. Now she travels with bodyguards almost everywhere she goes.

Clearly, if I planned to see Lydia, I had to be willing to take a risk. I considered this as I sat in my apartment in Paris one evening and watched my four-and-a-half-year-old son, Adam, play by my side. He was wearing a Superman cape on top of a Zorro outfit, and was chasing bad guys with his water gun. Adam never met his father. I was five months pregnant when my husband, Danny, a reporter for The Wall Street Journal, was murdered in Pakistan as he was investigating Islamic terrorists after 9/11.

I thought about the many journalists around the world who have been killed since Danny’s death. Iraq has been especially dangerous for reporters, but so has Mexico, where more than a dozen journalists have died in the last few years for writing about the drug trade and other criminal activities. I started to worry that reporters could become an endangered species. And so I decided to fly to Mexico.

At Lydia’s suggestion, we agreed not to meet in her home base of Cancun, but in the capital, Mexico City, which was in the midst of its own ordeal during my visit in August. Following the country’s recent presidential elections, thousands of protesters had transformed the city’s main avenue into a vast camping site. People demanding a recount of the votes had come together to shout slogans, wave signs or gather signatures. Everywhere I walked, I felt men’s eyes upon me. Some of the stares were harmless, but others were lecherous, making me feel like one of those scary sex dolls with a round mouth. Such a testosterone-filled atmosphere made me appreciate why Lydia has focused her work on women.

When she and I met, Lydia struck me as incredibly composed for someone who is forced to consider that every morning might be her last. I sat by her side in the car as we inched along the busy streets of Mexico City, on our way to a quiet suburb. Lydia talked constantly on her cell phone. Each time she hung up, the phone would ring again, and she would reassure the worried people on the other end.

She began to tell me how she got her start in this business. “At first,” she said, smiling, “I wasn’t sure my writing could make a difference.” In fact, when she moved to Cancun in her early twenties, Lydia didn’t intend to change the world in any major way. “I am a melancholic at heart,” she said half-jokingly. “I pictured myself living by the sea, writing novels and painting.” But Lydia had come from a family of strong women who were feminists before the term became trendy. Her French grandmother opposed the Nazis in Europe during World War II, then married a Portuguese man and eventually moved to Mexico. Lydia’s mother, who grew up in Mexico, became an activist for women’s rights. She felt strongly that it was better to expose her children to the world than to protect them from it, and so the family lived in a poor neighborhood, even though they could afford better. Lydia’s mother used to tell her, “Once you have witnessed something, you bear a responsibility for it.”

No wonder that soon after Lydia moved to Cancun—a paradise of lush beach resorts—she began to feel a sense of unease. “This was a man-made heaven built solely to make money,” she told me. “It was a city without a heart. Nobody had bothered to think much about schools or social services or even culture.” Her journalistic instincts began to kick in, and she set out to find local residents who had been displaced by the builders. She discovered a handful of them in an impoverished community two hours from the tourist zone. “There was no running water. No food. I saw a malnourished woman whose baby had just died of hunger,” she said. She decided to write a column about it for a local newspaper. “The reaction was extraordinary,” Lydia said. Readers were so moved that they donated supplies and medicine. Thus she changed the course of her own life for good.

When Lydia and I finally made it out of the traffic jam in Mexico City, I realized that there were no bodyguards following us. “I lost them!” she said with a childlike smile, and for a moment we felt free, as if we were in one of my favorite movies, Thelma and Louise.

Later, as we walked together along the suburb’s cobblestone streets, an old man on crutches approached me. “Is that Lydia Cacho?” he asked. I nodded. “Please tell her to be careful,” he whispered. “There are evil people.”

Lydia continued to tell me her story, explaining how she made waves again early in her career by writing about the proliferation of HIV in the Cancun area. The local governor called her at 11 P.M. the night the story ran, she said. He told her, “There is no AIDS in my province.” She replied, “In yours maybe not, but in mine, yes!” The next day she appeared on a radio show and talked about the call. This very public act surprised her fellow journalists. “Even my colleagues didn’t understand me,” Lydia said. “Sadly, many Mexican journalists are easy to buy. Some of my counterparts live on bribe money, and those who won’t give in to bribes usually get killed.”

Lydia kept writing, mainly about government corruption and domestic violence, but soon the phone calls she received threatened her life.

In 1998 Lydia was brutally beaten and raped in the bathroom of a bus station. Despite suffering a concussion and broken ribs, she got herself to a hospital. Lydia does not know whether the attack was related to her work.

This experience made her even more determined to stand up for women. At the same time, Lydia decided that reporting wasn’t enough. So she raised money to build a center for battered women. “Women had no rights, and if they stood up for themselves, they could be beaten or killed,” she said. Women now come to the shelter from all walks of life: wives of drug dealers and farmers, as well as American girls who get assaulted on spring break. The center provides health care and schooling for children.

In 2004 Lydia set off the biggest firestorm of her career with her book about the pedophile ring in Cancun, Los Demonios del Eden (The Demons of Eden). She was arrested on libel charges a year later (under Mexican law, Lydia explained, reporters have to prove that they didn’t intend to damage the reputation of their subject). She said she was driven by police to a jail 20 hours from Cancun, while the officers hinted at a plan to rape her. She was released unharmed. Then, last February, the media got hold of a tape on which a businessman named in her book appeared to be plotting with a Mexican governor to have her arrested and raped. (The men dispute the legality of the tape.) Amnesty International filed protests on her behalf, and Lydia talked about it on shows such as ABC’s Nightline. “This is my strategy,” Lydia said. “Each time someone threatens me, I talk about it publicly.”

Lydia, who still faces some libel charges, said that Mexico’s Supreme Court is investigating whether her civil rights were violated during her arrest. She is continuing to work as a reporter while also teaching journalism workshops. “Reporters are not world-peace missionaries,” she said. “But by conveying people’s struggles, we create awareness, which is the first step to bringing about change.”

When I left Mexico City, I feared for Lydia’s life, but I also felt inspired by her mission. I understood her humble sense of triumph. Knowledge and responsibility bring hope, while ignorance feeds on fear. If Lydia stopped halfway, she would be like someone who sees light at the end of a tunnel but chooses to remain in the dark.

Back in Paris with Adam, I thought about what I would say to my son if he ever wanted to become a reporter. I would tell him that journalism was the cement of my relationship with his father. I so believe in the importance of this profession that I could never oppose the same ambition in my child. As we were having dinner one night, Adam asked me about my trip to Mexico. He wanted to know if I had caught any bad guys. “No,” I answered. “But wait a few years, and I’ll tell you about a woman named Lydia.”

Mariane Pearl is a documentary filmmaker and the author of A Mighty Heart: The Brave Life and Death of My Husband, Danny Pearl.

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