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SLAVES OF POWER IN DUBAI

05 marzo, 2011 por ricardo

Slaves of power (Esclavas del poder) Lydia Cacho´s investigation on sex trafficking around the world points out Dubai as a center for international human trafficking sexual and labor exploitation. Cacho the mexican jurnalist follows the trail of traffickers from Latin America, and Asia to the Arab Emirates and interviews girls, boys and women who have survived these crimes.  A recent  arrest in Dubai made me recall the great book  written by  Ms.Cacho.

Amanda Ramirez

Human trafficking gang arrested in Dubai

Awad Mustafa

DUBAI // A desperate text message to a friend overseas from a young Asian woman forced to work as a prostitute has led to the arrest of four men and a woman on human trafficking charges, prosecutors said yesterday. Police are hunting for three other women in connection with the case. The gang was an organised crime unit that trafficked women for sexual exploitation, the Dubai Attorney General Essam Issa al Humaidan said. He ordered the four Asian men, the Asian woman and the three women on the run to be referred to the Dubai Criminal Court of First Instance’s third circuit, which handles exclusively human trafficking cases.

The woman who sent the text message told prosecutors that when she first arrived in Dubai she was taken from the airport to a flat in Naif, where she was told she would work for the Asian woman as a prostitute.

She said she was beaten when she refused to have sex and was told she would be paid after she covered the expenses of bringing her to the country.

She was taken to apartments across town for sex and repeatedly told that she would be handed over to the police if she refused to co-operate, she told prosecutors.

Eventually she sent a text message to a friend in her home country, who alerted authorities in Dubai.

The five under arrest were charged with human trafficking, illegal confinement, forceful solicitation of prostitution, threatening the victim and running a brothel, said Dubai Advocate General Khalifa bin Deemas, head of the human trafficking task force. Prosecutors also charged the three missing women with facilitating prostitution, and ordered the Dubai Police criminal investigation division to find them.

http://www.thenational.ae/news/uae-news/courts/human-trafficking-gang-arrested-in-dubai

amustafa@thenational.ae

Lo que oculta el 10 de mayo

13 mayo, 2010 por ricardo

Por: Marta Lamas

MÉXICO, D.F., 10 de mayo.- Hoy que cientos de oficinas públicas y privadas festejan el Día de la Madre, vale la pena recordar cómo surgió la celebración del 10 de mayo, y así tener una pista sobre qué significa hoy su desmedido festejo. En 1982 la SEP publicó, en su colección Memoria y Olvido, la investigación de Marta Acevedo que muestra que en nuestro país la instauración del Día de la Madre estuvo vinculada a una intervención conservadora.

El proceso social yucateco, generado por la Revolución Mexicana, alienta un movimiento feminista que realiza su primer congreso en Yucatán en 1916. Entre otras cosas, se discute la maternidad, planteándose la necesidad de libre elección y aconsejando a las mujeres cómo evitar embarazos no deseados  mediante el método anticonceptivo de Margaret Sanger. A principios de 1922, cuando comienza a gobernar Felipe Carrillo Puerto, se realizan varios actos públicos de la Liga Central de Resistencia del Partido Socialista del Sureste. Grupos de feministas hablan por todo el estado sobre la emancipación de la mujer y sus derechos. Las conferencias son traducidas al maya y se establecen comités feministas en varios lugares. No tardan las críticas al pueblo yucateco, en especial a sus mujeres: Entre marzo y abril de 1922 varios periódicos locales emprenden una campaña contra las feministas y sus propuestas “inmorales” para  regular  la procreación.

En este contexto, Excélsior retoma la celebración estadunidense del Día de la Madre y convoca a un festejo similar, con el apoyo decidido de Vasconcelos –entonces secretario de Educación Pública–, el arzobispo primado de México, la Cruz Roja y las Cámaras de Comercio. Las propuestas feministas de que la maternidad sea elegida quedan enterradas bajo la avalancha propagandística. De 1922 a 1968, todos los 10 de mayo Excélsior organiza festivales donde premia a las madres más prolíficas, a las  más heroicas, a las más sacrificadas. También surge de Excélsior la iniciativa, en 1927, de construir un Monumento a la Madre, que el presidente Miguel Alemán  inaugura en 1949 y que hoy es sitio de arranque de las manifestaciones feministas.

¿Qué encubre hoy el torrente discursivo y comercial del 10 de mayo? Por lo pronto, promueve la idea tradicional de la maternidad como un amor incondicional, que implica gran abnegación. Este mito recoge cuestiones  reales –las madres sí suelen ser amorosas, generosas y abnegadas–, pero también encubre aspectos negativos o contradictorios del ejercicio maternal. Atrás de la imagen de la “madrecita santa” encontramos a madres agotadas, hartas, golpeadoras, ambivalentes, culposas, inseguras y deprimidas. El mito encubre  los descuidos, aberraciones y  crueldades que muchas madres –sin duda víctimas a su vez– ejercen contra sus hijos.  Pero, sobre todo, la hipervaloración social de las mujeres como madres y el nivel de gratificación narcisista que alienta dificultan que ellas mismas vean ese “trabajo de amor” como una labor que requiere ser compartida y contar con  apoyos sociales.

La capacidad femenina de gestar y parir es considerada socialmente como la “esencia” de las mujeres. Por lo tanto, las labores de cuidado de los seres humanos se ven como una cuestión que les corresponde “naturalmente” a ellas. La maternidad es un trabajo entretejido con  la afectividad que recibe la mujer a cambio de dosis más o menos elevadas de gratificación psíquica y de poder en el campo interpersonal de la familia y la pareja. Sin embargo, su desempeño es desgastante y puede llegar a ser enajenante. La familia es el lugar del trabajo no reconocido de las mujeres, en su mayoría madres. La responsabilidad de las mujeres por este espacio privado limita su participación pública, sea laboral o política. Aunque se declara que la  familia  tiene superioridad moral sobre cualquier otro  ámbito público, es evidente que no se prioriza políticamente a las familias con medidas que verdaderamente concilien el ámbito laboral con el doméstico: los horarios escolares no son compatibles con los laborales, escasean las guarderías, no hay servicios de cuidado para ancianos, ni lavanderías y comedores colectivos.

Cuando se habla de la maternidad sólo en términos de “destino sublime” se olvidan las horas/trabajo que implica; cuando se elogia la abnegación, se dejan de lado las privaciones que suelen acompañar el trabajo de crianza. Por otra parte,  las embarazadas no consiguen empleo, las parturientas son maltratadas en los hospitales y las madres no cuentan con opciones de cuidado para sus hijos y familiares dependientes (discapacitados, enfermos o ancianos), lo que las limita laboral y cívicamente, además de cargarlas con el desgaste físico y emocional que supone atender solas a esos dependientes. Este trabajo de cuidado de los demás subordina socialmente a las mujeres y tiene consecuencias  restrictivas en el ejercicio de su ciudadanía y su participación política.

El despliegue retórico del 10 de mayo echa una cortina de humo sobre la poca importancia real que se otorga a este laborioso, complejo y determinante trabajo. Y mientras la mayoría de las mujeres se conforma con la rosa roja o el regalito, las feministas seguimos insistiendo en leyes y medidas que descarguen a las mujeres de la atención de sus   dependientes.  Publicado en http://www.proceso.com.mx/rv/modHome/detalleExclusiva/79196

DENUNCIAR O CALLAR: EL DEBATE

16 julio, 2008 por Lydia Cacho Ribeiro

A quienes siguen entrando en este espacio para discutir mi artículo Plan B sobre abusos sexual infantil: gracias. El debate ha sido muy enriquecedor, ha despertado correos de todo tipo y eso nos permite comprender cuántas emociones subyacen en el tema del abuso sexual infantil. Sigo aprendiendo y escuchando.   
Tienen razón quienes argumentan que hay que denunciar a los abusadores, si no creyera en ello no habría pasado desde noviembre del 2003 bajo amenazas por defender y dar voz a las niñas y niños del caso Succar Kuri. Si no creyera que es preciso transformar a las instituciones de administración e impartición de justicia, no seguiría llevando mi caso contra Kamel Nacif y el “Gober precioso” Mario Marín ante las instancias internacionales. Si creyera en alentar la impunidad, tampoco habría dado la batalla en la Suprema Corte de Justicia de la Nación; ni seguiría como testiga en el caso Succar.
Me parece que necesitamos plantear el asunto del abuso sexual desde dos perspectivas; una es la de la percepción y vivencia de las niñas y niños, aunada a la experencia emocional de padres y madres de las criaturas victimadas (cuando el abusador no es el padre). La segunda es desde la perspectiva de la justicia, con el fin de que los pedrastas paguen por sus delitos y el Estado asegure que nunca vuelvan a cometer abusos contra menores. (Por desgracia el periódico El universal me da un espacio de 500 palabras, lo cuál implica que sólo se puede hacer una breve reflexión, casi una provocación)
Hemos discutido ampliamente la necesidad de denunciar. En particular lo analicé en mi libro Los demonios del edén: el poder que protege a la pornografía infantil, (2005/ Ed. Grijalbo).
Es evidente que nadie tiene todas las respuestas; mucho menos yo misma.
En México nos enfrentamos a un serio problema que le causa dolor de cabeza al más pintado experto o experta. Tenemos leyes federales y estatales que se contradicen entre sí y con los tratados internacionales vigentes. Una gran mayoría de jueces con una educación y cultura ajena a los derechos humanos de las víctimas, y rebasados en trabajo con expedientes escritos que no les permiten adentrarse como deberían en cada causa, y que normalizan la dilación de los casos como parte inevitable del sistema. Tenemos policías que no conocen, o no tienen, ni herramientas, ni tiempo para hacer investigaciones reales de abuso sexual y corrupción de menores. Fiscales especiales que en su desesperación por el sufrimiento de las y los menores, creen que es un mal menor poner la carga de la prueba en la víctima “aunque sea un poquito”. La ausencia parcial o total (dependiendo de la ciudad o pueblo) de expertos o expertas en psicología infantil y en violencia sexual para que sean quienes entrevisten a las víctimas la primera vez. Algunos padres o madres de menores abusados convencidos, falsamente, de que la justicia es venganza y con la venganza lograrán recuperar su paz interior o resarcir el daño. Tenemos una cultura judicial que defiende sistemáticamente  los valores patriarcales, acostumbrada a que las niñas de 12 y 13 años sean objetos sexuales, que se vendan en matrimonio y se utilicen como derecho de pernada. Tenemos un sistema de justicia penal que fortalece los argumentos tradicionales para mantener las prácticas humillantes que narro en mi artículo anterior, que minimizan el daño que el proceso judicial causa a las víctimas. Baste analizar el debate de la Suprema Corte en mi caso para ver cómo 6 de 10 jueces eliminaron el tema de la pederastia y la pornografía infantil, estableciendo que es algo “no grave para el país” (revise Ud. los argumentos de los Ministros Aguirre Anguiano y Mariano azuela) en ese debate. México es un país donde el poder judicial parece  tener atribuciones pero no responsabilidades.
Por si fuera poco tenemos la exclusión histórica de niños y niñas como sujetos de derecho.Les devuelvo la pregunta: si fueran sus hijos o hijas sometidos a 3 o  4años de juicio al estilo de tortura como el de las criaturas del caso Succar Kuri  ¿Qué decisión tomarían? ¿Qué haría o hace usted para que esto cambie? ¿Qué podemos hacer como sociedad para que esto cambie?. Bienvenid@s a la discusión
 

A RE-AWAKENING IN MAPUTO

29 mayo, 2008 por Lydia Cacho Ribeiro
By BENON HERBERT OLUKA
(On meeting Mexican journalist Lydia Cacho)

A first prize in the 2007 Akintola Fatoyinbo Africa Education Journalism Award presented me with the opportunity to get away from my hectic schedule in Kampala and earn a most longed for two-week rest in the beautiful Mozambican coastal capital, Maputo.

The 10 days in Maputo, and another four in Johannesburg, have not just enabled me to slow down; they are also affording me a number of fascinating and inspiring chance encounters.

On May 3, for instance, I was among the hundreds who gathered at the Joaquim Chissano International Conference Centre to witness the presentation of the 2008 UNESCO/Cano World Press Freedom Prize to Mexican Journalist Lydia Cacho Ribeiro.

This particular ceremony was graced by several dignitaries, including Mozambican President Armando Guebuza, former President Joaquim Chissano and the UNESCO Director General, but it was Ms Cacho who – rightly – took centre stage.

When the 45-year old journalist stepped up to make her acceptance speech, it turned out to be so powerful that it earned her a standing ovation from nearly everyone in the hall.

“By honouring me tonight you are recognizing the talent of my teachers, of the hundreds of women, men and children who have trusted me with their personal histories, their tragedies and their triumphs. Somehow they knew I would honour their trust by doing my job as a journalist,” she said.

The inspiring thing about Ms Cacho’s story is that she has faced several hurdles in her career, but did not lose her resolve. In her 18 year journalism career, Ms Cacho has been the target of repeated death threats because of her work, especially when she reported about a peadophile ring that included powerful figures in Mexican politics. Her car was sabotaged and she was the victim of police harassment.

“When I was tortured and imprisoned for publishing the story of a network of organised crime in child pornography and sex tourism, I was confronted with the enduring question of the meaning of life. Should I keep going? Should I continue to practice journalism in a country controlled by 300 powerful rich men? Was there any point to demanding justice or freedom in a country where 9 out of every 10 crimes are never solved? Was it worth risking my life for my principles? Of course the answer was… yes,” said Ms Cacho.

But her works have also earned her international acclaim. Besides the $25,000 World Press Freedom Award, she was awarded the Francisco Ojeda Award for journalistic courage in 2006 and, in 2007, the Amnesty International Ginetta Sagan Award for Women and Children’s Rights.

In a moving speech, Ms Cacho told the reasons why she has persevered against the odds. She told of having been contented to keep the promise she had made to the little girls who were abused by pedophiles and child pornographers, and who asked her to tell their stories. She called on other journalists to uphold the virtues of their calling.

“As journalists we should never become messengers of the powers that be. Nor should we surrender to fear and self censorship,” she said.

Three days later, I stood at the very podium that Ms Cacho had used; it was my turn to deliver my acceptance speech for the Africa Education Journalism Award to the 600 delegates and more than 50 education ministers attending the 2008 Biennale on Education in Africa.

Ms Cacho had raised the bar so high with her speech; I did not try to emulate her. I only spoke about the need for politicians to always keep it in mind that the decisions they make can change or ruin the lives of their people. I asked them to ensure that even the ordinary persons in the most remote part of their country get a fair deal from their governments.

For my own speech, I did get a resounding handclap from all in the Joaquim Chissano International Conference Centre that evening. Whether the politicians took the words to heart is another matter. The task for me now, and several other journalists, is to continue to make sure that the politicians are accountable to the people who entrusted them with the duty of making the policies that guide the destiny of their country.

This is no easy task; but Ms Lydia Cacho Ribeiro has once again reminded us all that it can be done. (Publised at BENON HERBERT OLUKA`S BLOG)

Respuesta a la desolación

04 marzo, 2008 por Lydia Cacho Ribeiro

Lydia Cacho
Me escriben hombres y mujeres de todas las edades, comparten su cariño y sus buenos deseos, pero también comparten su rabia, su impotencia. Algunos jóvenes me escriben asegurando que esta patria suya está podrida, que no hay salida, por eso no hay razón sostenible para arriesgar la vida, o el poco bienestar que se tenga para salvarla. O simplemente que no quieren hacer nada de nada, porque el futuro es desolador.

Durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) el pasado jueves 29 de noviembre de 2007, durante la presentación de mi libro Memorias de una infamia, un joven de unos 18 años nos escuchaba de pie, observándolo todo con interés. En el momento de charlar con el público él tomó el micrófono y con una honestidad bañada de angustia existencial preguntó “¿Para que seguir, Lydia, si ya perdiste en la Suprema Corte? Si ya ganó, otra vez la corrupción, yo ya no creo en nada ¿Cómo creer en México?”. Su pregunta rebotó en todo mi cuerpo, hacía apenas unas horas había escuchado el veredicto de seis jueces y juezas de la Suprema Corte favoreciendo al “Gober precioso” y a Kamel Nacif, el protector y socio del pederasta. Las lágrimas estaban agolpadas en mi garganta, pero me rehusaba a llorar, al menos en ese momento, porque yo, al igual que el resto de millones de mexicanas y mexicanos indignados ante la resolución, quería comprender, pensar en el siguiente paso, no desmoronarme y caer en los brazos de la tristeza y la incertidumbre.
Mirándole a los ojos le dije que cuando yo tenía su edad me pregunté lo mismo, y que ahora –veintisiete años después- sabía que valía la pena seguir intentándolo. No hubo tiempo para más.
Ahora que ustedes me escriben, que Mariana de 15 años pregunta lo mismo, no puedo sino recordar que cuando yo era niña y mi madre iba a la Universidad –que se pagaba con grandes esfuerzos- ella era una mujer entre cada 50 o 60 hombres. Yo tenía cinco años cuando la matanza de Tlatelolco, y luego vinieron las desapariciones forzadas y recuerdo la ebullición de mis tíos maternos, estudiantes entonces y los diálogos de miedo de las amistades de mi madre. Y yo sólo miraba y escuchaba. Leer el resto de la nota »

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