Recordar
Septiembre 30, 2006 Esta Boca es Mía, Artículos 3 CommentsDe la columna Esta Boca Es Mía. Publicado en revista Tentación y Siglo de Torreón.
Mi abuela materna era una sabia. De ella aprendí a hablar francés y a leer la historia del mundo. Hace cincuenta años, cuando a nadie se le ocurría hablar de control natal en México, la abuela lo promovía como aquél vendedor del viejo Oeste, creador de medicamentos preparados en casa que descubrió la receta de la Coca Cola. Y no era, digamos, una beligerante antimaternalista, como esas a las que persiguen los ultras de la derecha intolerante, no. Ella misma parió a una niña y a un par de varones mellizos. Sin embargo la abuela estaba convencida de que las mujeres teníamos muchas cosas que aportar al mundo más allá de la multipublicitada actividad de nuestra matriz. “Una mujer siempre debe tener más sueños que hijos e hijas” decía con sus ojos verdes iluminados por la rebosante alegría de vivir con la que amanecía cada mañana.
También aprendí el secreto que me susurraba al oído cuando tenía apenas cinco añitos y una incipiente necedad por entender el mundo y sus milagros. “Recuerda”, me decía, recuérdalo todo. Y lo suyo no era una simpleza cualquiera, la madre de mi madre me explicó que recordar viene de re-cordis, es decir: volver a tamizar por el corazón.
Supongo que por eso paso la vida recordando los pequeños detalles amorosos de mis amigas. Será por eso que tengo hermigas (hermanas- amigas) en múltiples sitios de la geografía mundial, y me basta cerrar los ojos para que lleguen a mi mente detalles tan simbólicos como el tono de la risa asturiana de Cris, o la melodiosa voz africana de Charlotte, o el tono guatemalteco de la plática cantadita de Laura. Cuando me pongo triste, muy triste porque parece que en mi patria no hay remedio para la corrupción, me basta recordar la dulce y melodiosa voz de Cecilia, quien desde la ciudad de México me hace un recuento de los logros y el impacto de los esfuerzos casi milagrosos, y al final de cada conversación siempre suelta un auténtico “te quiero amiga”.
Mi abuela tenía amigas en todas partes. Lo mismo se reunía con sus hermanas que cantaban fados portugueses hasta el amanecer, que con las amas de casa cuyas historias ella escuchaba como quien descubre la luna y de verdad le importa cómo flota en el cielo.
De la abuela aprendí que la justicia es un derecho y que cuando el amor no basta para quedarse al lado del hombre, la amistad es suficiente para recuperar el gozo de tenerse. Pero su más grande obsequio fue el secreto de ejercitar no la memoria, sino los recuerdos que alimentan el corazón.