Archivo del octubre, 2010

CALAVERITA A LA CACHO

29 octubre, 2010 por ricardo

Lydia Cacho estaba en las playas
Rescatando a algunas niñas, de pederastas gandallas
En eso llegó la Parca y muy ufana le dijo:
Mira Cacho está muy gacho que al poder estés retando
¿Qué no entiendes que en tu patria manda el macho?
En su guadaña llevaba la Calaca bien tatuados
A Emilio Gamboa, por guarro y también filibustero
A Yunes el embustero intento de candidato
A su lado, ya paleta, Kamel Nacif con su jeta
Y en el averno quemado, comiendo chile poblano,
el pedófilo vicioso, Mario Marín el precioso
La periodista, buena y necia feminista, a la parca le inquirió:
Si me aseguras que Succar, el pederasta confeso, nunca saldrá del CERESO
me voy y te doy un beso
Y si les jalas las patas a Tratantes de mujeres: comandantes, militares y empresarios criminales…
Te juro parca que entonces, te monto el altar de altares con tequilita y tamales
La Parca compadecida dijo antes de marcharse:
Lydia Cacho estás de suerte, por hoy no te lleva la muerte.

Huérfanos de la guerra

22 octubre, 2010 por Lydia Cacho Ribeiro

Andrés, de siete años estaba en la sala cuando la policía entró a casa y comenzó la balacera. El único testigo presencial del asesinato del padre, madre y abuela es este pequeño que no puede dormir con la luz apagada y que se orina cada vez que escucha ruidos similares a balazos. Carolina, de cuatro años, se quedó en el kínder esperando a su madre que nunca volvió porque la levantaron y no se investigó cómo o por qué apareció muerta en Ciudad Juárez. Irene, de ocho años, Guadalupe de 11, Ernesto, Carlos, Javier, de seis años, temen jugar a la pelota en las calles de su natal Chihuahua porque “vienen los malos que matan”. Ellos y ellas no saben si los malos que matan son soldados, narcotraficantes, policías o delincuentes comunes. Son, simplemente, adultos.

 

Nueve mil ochocientos. Esta página no alcanza para escribir los nombres de 9 mil 800 criaturas huérfanas por la guerra en el estado más violento del país: Chihuahua. Imagine que en los últimos dos años se desplomaran 80 aviones comerciales y todos los pasajeros fallecieran. Esa es la cantidad de madres, padres o tutores que murieron como producto directo o indirecto de la guerra, sólo en Ciudad Juárez. Eran empleadas, burócratas, policías, narcos, maestras, desempleados, estudiantes o transeúntes en el lugar equivocado. Tras su muerte, quedaron 9 mil 800 menores.

 

Poco a poco las valientes organizaciones civiles de Juárez definen el mapa de la orfandad. Ya César Duarte, gobernador de Chihuahua, ha declarado que su gobierno destinará 100 millones de pesos para asistir a las y los pequeños. La aplicación de estos recursos puede sentar un precedente de lo que debe hacer México por los miles de niños y niñas que la guerra deja detrás de sí, como un daño colateral sin voz ni voto, como testigos de las masacres y el desaliento, de la corrupción o la injusticia. Este no puede ser un típico programa limosnero que entrega dinero a las familias para subsanar gastos de hambre y pobreza. Puede ser, en cambio, un programa multidisciplinario de largo plazo, que asegure becas escolares y alimenticias a las y los pequeños, que les asegure terapias a quienes atestiguaron la muerte; miles de chavales cuya corta vida les ha enseñado a temer, a desconfiar, a odiar. (Ya se propone la creación de escuelas con el modelo Waldorf en Chihuahua y la creación de redes de familias sustitutas, por ejemplo.)

 

Mientras las élites juegan a defender monopolios políticos, mediáticos y telefónicos; aquí, mirándonos a los ojos, está el verdadero rostro de la guerra; miles de niños y niñas que necesitan estructura, afectos, educación y alimentación para edificar una vida digna. Si somos capaces de defender y construir la paz con la misma vehemencia con que se argumenta y defiende la violencia, daremos el primer paso.

 

Lydia Cacho

Publicado en El Universal: http://www.eluniversal.com.mx/columnas/86725.html

La periodista mexicana Lydia Cacho galardonada con el premio PEN/Pinter

21 octubre, 2010 por ricardo

Londres, 20 oct (EFE).- La periodista mexicana de “El UniversalLydia Cacho fue galardonada hoy con el premio PEN/Pinter, en una ceremonia en la que también fue premiado el escritor y guionista británico Hanif Kureishi, autor de “My Beautiful Laundrette” (Mi Hermosa Lavandería).

 

Según establecieron el año pasado los fundadores del PEN/Pinter, el premio que recibe cada año un escritor británico o residente en el Reino Unido debe ser compartido con un escritor o periodista de demostrado valor que haya sufrido persecución por manifestar sus creencias.

 

En esta ocasión, la galardonada ha sido la periodista mexicana y defensora de los derechos humanos Lydia Cacho, seleccionada por el comité de Escritores en Prisión del PEN inglés, quien no asistió a la ceremonia de entrega.

 

Cacho fue detenida, hostigada y torturada en 2005 después de haber publicado un libro en el que desenmascaraba a una red de personas dedicadas a la pornografía infantil.

 

La periodista, que fue absuelta en 2007 del cargo de difamación, pero que aún sigue siendo objeto de hostigamiento por sus publicaciones, comentó al conocer que recibiría el galardón que, “como muchos otros periodistas” antes que ella, ha comprendido que “convertirse en noticia es un arma de doble filo”.

 

“Convertirte en noticia te debilita y te hiere. Te altera y te separa de tus colegas de profesión y de aquellos a los que amas. Las amenazas, de alguna manera, acaban siendo tan importantes como la historia original y este dilema acaba dominando tu vida, pero para sobrevivir necesitas salir ahí fuera y que nunca te silencien”, dijo Cacho a través de un comunicado.

 

La entrega de los premios tuvo lugar en un evento público celebrado en la Biblioteca Británica, que guarda el archivo de Harold Pinter.

 

Según la viuda de Harold Pinter, Antonia Fraser, que formaba parte del jurado, Kureishi, autor también de “The Buddha of Suburbia” (El Buda de los Suburbios), recibió este reconocimiento porque “cuenta la verdad sobre la vida en un mundo multicultural con valor e irreverencia, olvidándose de las perogrulladas de lo políticamente correcto”.

 

Harold Pinter habría estado orgulloso de que Hanif recibiera un premio con su nombre”, comentó Fraser sobre un galardón que fue establecido el año pasado por el PEN inglés, una organización que se ocupa de la promoción de la literatura en favor de los derechos humanos, en memoria del dramaturgo Harold Pinter.

 

Nacido en Londres en diciembre de 1954 de padre paquistaní y madre inglesa, Kureishi, novelista, autor teatral, guionista y director de cine, ha tratado en su ya abundante producción artística temas como la inmigración, el racismo o la sexualidad. EFE

 
cda/jm/mlr

Enamórala y véndela

18 octubre, 2010 por Lydia Cacho Ribeiro

Un Camaro amarillo se detiene frente a una pequeña zapatería. Se abre la puerta del conductor y de ella sale una bota vaquera puntiaguda; a intolerables decibeles resuena un reggaeton; el hombre de 24 años con mechas desteñidas baja del auto. Con la soberbia de un rey, da la vuelta, abre la puerta y sale de ella una joven de 16 años; morena delgada, de cara lavada, con minifalda escolar a cuadros rojiazules, blusa blanca, calcetas y zapatos negros de goma. Es una novata, dicen los vecinos, la trajo de Cholula. Ellos saben que el güero le va a comprar zapatos y ropa de “mujer” para comenzar la transformación.

 

En Tlaxcala, estado vecino con Puebla, se generalizó hace poco más de una década una tradición de ritual masculino que toda la sociedad avala, desde Tenancingo, pasando por Acuamanala, Papalotla, San Luis Teolocholco, San Pablo, Ayometla, Xicohtzinco y otros pueblos. Familias enteras viven de la explotación sexual de jovencitas. Los tratantes han sido entrenados para enamorar a adolescentes, establecer noviazgos ficticios, conocer a la familia y llevárselas para prostituirlas. Madres, abuelas, tíos y hermanos viven hasta por cinco años del producto de la explotación de una, dos o tres “novias” o esposas de los Tenancingos. Padrotes, tratantes, lenones, orgullosos de su capacidad para engañar, seducir y transformar cada año a miles de niñas y adolescentes en mujeres entrenadas para esclavas.

 

El caso más famoso de Tlaxcala fue el de la familia Carreto que purga una pena en Estados Unidos por haber llevado jovencitas como esposas de jóvenes tlaxcaltecas a burdeles caseros de Nueva York. Y hace una semana un joven detenido por la SIEDO, con naturalidad y orgullo explicó cómo fue educado para ser padrote.

 

“Mientras no sea mi hija, a mí qué me importa”, dijo doña Anselma, mientras investigaba la cultura lenona para mi libro sobre trata de mujeres. Todo el pueblo reconoce a los padrotes. Autos deportivos, cabello puntiagudo y embadurnado de cera. Música a todo volumen, cadenas de oro y relojes voluminosos, todo producto de la explotación de las mujeres.

 

“No hay agricultura, no hay escuela, no hay trabajo… y pu’s hay mujeres y si uno las puede vender, pu’s las vende, es lo que hay”. Dice sonriente un anciano ex lenón afuera de una cantina.

 

Las respuestas me recuerdan los primeros brotes de normalización de la narcocultura. Las camionetas, la indumentaria y todo lo que daba sentido a la identidad narca en Sinaloa, Juárez y Tijuana. Luego llegaron la música y las películas que los hicieron parecer héroes omnipresentes, cuyo discurso normalizaba una economía emergente en la que los campesinos sin tierra obtenían trabajo gracias a la siembra de mariguana y amapola. Ahora la cultura del tratante está documentada en Tlaxcala, Puebla, Quintana Roo, Yucatán, Sinaloa, Chiapas y Veracruz.

 

Si la sociedad no reacciona ahora mismo, no habrá suficientes cárceles para los tratantes ni refugios para sus víctimas en todo México. Algo tendríamos que hacer. Habría que alertar a estudiantes y maestros de estas zonas para comenzar a transformar estos patrones en sus comunidades, desde la educación de la equidad hasta la reactivación económica con el empresariado y el Estado. La Universidad Autónoma de Tlaxcala ha hecho estudios y programas de prevención, unirse a ese esfuerzo puede cambiar al país. Ahora es cuando.

 

Lydia Cacho

Publicado en El Universal: http://www.eluniversal.com.mx/columnas/86611.html

Los patriarcas del mal

18 octubre, 2010 por Lydia Cacho Ribeiro

Son hombres, casi todos, de más de 50 años. Empresarios entrados a políticos, políticos convertidos en empresarios. Son ellos quienes, al acercarse un huracán, añoran que entre con fuerza para que el Fonden salve lo que los políticos destruyeron. Son ellos los que pagan millones para hacer negocios con permisos que rompían reglas y leyes. Son ellos los que tienen los monopolios y se hacen mártires cuando alguien les cuestiona. Son esa generación de mexicanos que conducen autos blindados, que se codean con la élite y con los pomposos y corruptos líderes eclesiásticos que, más que a Dios, sirven al poder que finge ser deidad.

 

Ellos también nos gobiernan; han colaborado, junto con los gobiernos anteriores, al debilitamiento de las organizaciones de la sociedad civil; son ellos y no otros los que hace una década negaron los feminicidios y la corrupción, nutriendo la impunidad que hoy les asombra.

 

Son ellos, y no otros, los que, por décadas han considerado que México es su coto, su changarrito, su lodazal para revolcarse. Son ellos y no otros los que desprecian a los 7 millones de jóvenes sin trabajo y sin escuela a quienes despectivamente llaman ninis. Son esos empresarios y líderes los que parecen sorprendidos por la realidad, como si no fuesen arquitectos del país que tenemos. Son los líderes inmorales del país los que le tienden la cama a Peña Nieto, pues creen que más de los mismo es bueno (aunque sea un espejismo, hasta para ellos). Son esos millonarios que destrozan sin piedad a Calderón, no por sus errores estratégicos, sino porque rompió los pactos de la colusión del poder (aunque haya permitido otros pactos).

 

Ellos brindan por el regreso de Salinas, porque la geografía de la inmoralidad reviva. Ellos se quejan por las extorsiones de Los Zetas, como si esa descomposición social no tuviera padre. Como si con su manipulación mediática no desinformaran en la tv con el espectáculo telenovelero de la ignorancia que finge ser periodismo; son ellos los que, entre la ética y el desprecio por la humanidad, prefieren el desprecio.

 

Esos patriarcas del mal son los que se preguntan: ¿Quién nos iba a decir que desaparecer un cacique nos iba a enfrentar a otros 32? Pero los caciques provincianos son también su hechura. Cuando les dieron dinero para callar o hablar, cuando les perdonaron desde asesinatos hasta protección de la delincuencia organizada y pederastia. Son ellos los que se hacen los dignos, y buscan salvavidas sólo para su clase.

 

Pero son pocos, aunque dañen como muchos. Hay millones de personas para exponerlos, para recordar que el país es nuestro, que no hay rendición, ni la habrá. Ellos son los “no-nos” (no al progreso, no a la justicia).

 

Son la verdadera generación perdida de México.

 

Lydia Cacho

Publicado en El Universal: http://www.eluniversal.com.mx/columnas/86557.html

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