Plan b
Lydia Cacho
Doña Guadalupe no se da por vencida, por eso hace siete semanas se dedica a coordinar a las amiguitas de su hija para que den aviso si alguna está en problemas. Por eso las adolescentes que hacen reuniones de seguridad en su hogar tampoco se amilanan y salen juntas todas partes. Ni don Carlos a quien le pidieron mil pesos al mes por “derecho del piso”, se dejó vencer. Reunió a los otros tenderos, el taquero, el de la tlapalería y la papelería, acordaron sentarse con los narcos y decirles que no tienen nada contra ellos, son ciudadanos de la misma tierra, no les sobra el dinero y sus hijos van juntos a la escuela, propusieron una tregua y los narcomenudistas aceptaron. No se insultaron, ni se liaron a golpes o a balazos, dialogaron. Los buenos saben que los malos necesitan estabilidad para vender, los malos lo saben también.
Tampoco los chavos y chavas del CETIS de Reynosa se cuadran; Adrián coordinó a sus amigos y rápidamente se fueron uniendo los y las estudiantes. “No les compramos drogas a estos tipos, no los vamos a mantener para que aterroricen a nuestra ciudad”, les dijo sin imaginar que comenzaría una cadena luminosa de fuerza adolescente que se rehúsa a ser una estadística más entre los adictos, dentro de los que se rinden. Ni el grupo de Carolina y las 72 mujeres que, luego de la última balacera, decidieron dar pláticas en su iglesia dos veces a la semana para subir el ánimo de la gente que cree que como todo está perdido —según algunos—, lo mejor es sumarse a la ola de violencia y robar, drogarse o simplemente abandonar la escuela.
Ni los ocho colegas periodistas que fueron secuestrados en Reynosa y sus alrededores por atreverse a fotografiar, a investigar quiénes son y qué planean esos hombres de espíritu pequeño, mente limitada y dueños de una ira largamente contenida que eligieron pertenecer a los cárteles. Nuestros colegas, algunos golpeados, otros secuestrados durante horas, otros desaparecidos, no pensaron siquiera en dejar de hacer lo suyo, porque lo hacen bien y es su tarea revelar y opinar sobre la realidad. Sabían, sabemos, que en México decir la verdad y ser buen periodista puede costarte la vida, pero es momento de seguir, cada quien en lo que sabe y puede. Habremos de honrar a nuestros colegas y seguir con y por ellos y ellas. Y acompañar a las familias de esas y esos periodistas, que por miedo a que las autoridades descalifiquen la labor de los desaparecidos, ya no quieren hablar.
Los informes militares dicen que en Reynosa hay 500 narcotraficantes poderosos peleando la plaza, lo que no dicen es que hay cientos de miles de hombres y mujeres que cada día se levantan y van a la escuela, se abrazan y trabajan honestamente. Que cada día Rafa, Samy y Alex salen a jugar cascarita y sueñan con ser arquitectos. Ni que doña Lola hace de terapeuta mientras prepara los mejores langostinos en aguachile. Ella hace reír a su clientela porque la vida es hoy, ahora estamos vivas, dice.
México anda, Reynosa sufre y se asusta pero no se quiebra, porque no está sola, porque aquí estamos mirándola como un brazo de México que duele, pero es nuestro, es parte de este cuerpo que es una Nación abatida por la irresponsable guerra contra el narco, por la ausencia de Estado de Derecho, un país paralizado en temas de desarrollo social, sin reformas de Estado porque las y los congresistas están ocupados, obsesionados con pleitos electorales, nutriendo esta democracia simulada. No, no se puede negar la tragedia, pero tampoco hemos de someternos a ella sin levantar la voz.




