Archivo del abril, 2009

¿Por que se están muriendo?

30 abril, 2009 por Lydia Cacho Ribeiro

Plan b
Luisa es trabajadora doméstica y podría morir. Antier mostró síntomas de influenza y la dueña de la casa la llevó al Hospital General en Guadalajara; cuando llegaron, Luisa tenía ya 50% de capacidad pulmonar. Fueron recibidas gracias a las influencias de la patrona, las filas de pacientes eran interminables. El médico le diagnosticó laringitis y probable influenza, le recetó Tamiflú, el que lograron encontrar seis farmacias más tarde. La mandaron a casa con reposo y aislamiento absoluto, pese a que suplicaron al médico que la mantuviera en urgencias en caso de un paro respiratorio pues el diagnóstico era grave. El médico se disculpó: el hospital no tiene espacio para más enfermos. En cinco días le confirmarán si el virus que tiene es el A/H1N1.

La historia de Luisa es una variante de la de millones de mexicanas, lo cual lleva a preguntarse: ¿por qué si la OMS ha dicho que esta es una enfermedad curable sólo en México se está muriendo la gente? No es momento para discursos ni sentimentalismos de falsa solidaridad con un gobierno incapaz de proteger un derecho humano fundamental: el de la salud. Durante décadas el Estado mexicano se ha negado a modernizar el sistema de salud pública y ha postergado la inversión pública imprescindible en investigación científica y epidemiológica.

En condiciones normales, millones de hombres y mujeres tienen que suplicar atención médica digna y pronta en las clínicas públicas. La gente empeña lo que tiene y pierde la vida diariamente en clínicas privadas de baja calidad. La desidia e irresponsabilidad de los gobiernos federales y estatales es inaceptable. Una sola muerte debería bastarnos para rebelarnos. El gobierno de Calderón dice que hay 176 muertos, pero sólo han confirmado que ocho murieron por virus atípico de influenza. Es decir, 168 muertes por neumonía atípica siguen bajo investigación. Un país con 105 millones de habitantes ¿no puede evaluar el origen de 168 muertes? Documentos oficiales de la OMS demuestran que desde el 2005 se solicitó a México estar preparado con laboratorios y planes de emergencia como salas especializadas en todos los estados para atender una posible epidemia de Influenza, pero primero Fox y luego Calderón, ignoraron estas recomendaciones. Ahora que no nos diga el Secretario de Salud, como declaró a López Dóriga en Tercer Grado de Televisa que “En México no hay laboratorios especializados como los de Estados Unidos y Canadá porque no nos esperábamos esta epidemia”.

Ahora resulta que el gobierno carga sobre los hombros de la sociedad la responsabilidad de detener la epidemia. Igual que cuando nos convocó a evitar el narcotráfico y la corrupción. El discurso oficial debe indignarnos, en lugar de someternos al miedo paralizante. La danza de cifras que nos da la Secretaría de Salud nos hace sospechar que el gobierno improvisa y responde más por impulsos y pánico que por una estrategia efectiva a partir de información confiable. A la sociedad le corresponde cuidarse del contagio, al Estado le toca asegurar servicios especializados, montar clínicas de emergencia donde aíslen a las personas que se encuentren graves en lugar de mandarlas a casa con neumonía. Una sola muerte debería bastar, no podemos suplicar buenos servicios sino exigirlos. Lo fundamental es que a las y los mexicanos no se nos olvide esta experiencia, que una vez controlada la epidemia, la gente de todo el país salga a las calles, exija servicios de salud adecuados y medicina preventiva adecuada. Dinero no hace falta, ya lo dijo el Secretario de Hacienda, lo que hace falta es que los servidores públicos hagan su trabajo y que la sociedad no se someta en silencio a la lentitud e incapacidad (eso lo digo yo).

¡CON MI [email protected] NO!

26 abril, 2009 por Lydia Cacho Ribeiro
Cómo evitar el abuso sexual en nuestros hijos o hijas
Este útil libro escrito por Lydia Cacho nos lleva de la mano para entender los orígenes históricos de la pederastia y la pedofilia.
Responde a las preguntas más frecuentes de maestras, padres y madres de familia. ¿Cómo evitar que mi niño o niña sea abusada?
¿cómo hablo de sexualidad y abuso con mi pequeño? ¿Cómo se si es normal o anormal ese juego sexual de los niños?
¿Cómo hablo de sexualidad con mi hija sin que despierte curiosidad malsana?
¿Cómo saber si mi hija o hijo sufrió de abuso sexual?
Qué hacer ante un probable abuso, cómo reaccionar
de qué manera debemos tratar a una o un menor que fue víctima de violación.
A que nos enfrentamos si decidimos demandar al agresor, qué dicen las leyes.
Cómo enfrentar nuestros miedos ante los peligros que enfrentan nuestras hijas adolescentes.
El libro que toda pareja con bebés o hijas debe leer en México, escrito por la periodista que descubrió la red de pederastas de Cancún.
La autora es fundadora de un Refugio para mujeres y niñas víctimas de violencia y abuso, escritora, periodista y activista de derechos humanos
Lydia Cacho es considerada por la ONU como experta en Derechos Humanos para Latinoamérica.
Autora de 6 libros y columnista de El Universal, Lydia Cacho le acompaña en un diálogo franco, junto con las y los expertos en abuso infantil en este libro
“Con mi [email protected] NO: manual para entender, prevenir y atender el abuso sexual infantil”. Editorial Grijalbo.
 
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Jovenes sin esperanza

23 abril, 2009 por Lydia Cacho Ribeiro

Lydia Cacho
Luego de dar una charla en Londres sobre el impacto de la guerra contra las drogas en la vida de las mujeres en México, se me acercó una joven compatriota de 19 años.

Sus ojos al borde de las lágrimas expresaban algo muy distinto a lo que decían sus palabras. Ella y sus amigos vinieron becados a Inglaterra en busca de respuestas, pero igual la soledad les arrebata el alma y se preguntan: ¿cuál es el sentido de la vida en nuestro hermoso y trágico país? ¿Vale la pena? ¿Y qué significa el futuro en México?

Llegaron sus amigos y decidimos ir a un café. Me encontré emocionada ante sus reflexiones, inteligentes, creativas, llenas de pasión y, sin embargo, inundadas de miedo, de incredulidad en el futuro, en la vida y el sentido que buscan sin encontrar. está claro que la adolescencia es una etapa de búsqueda, de rebeldía, de crisis existencial maravillosa e indispensable para formarnos como personas adultas. Pero en las voces y miradas de estos chavos y chavas encontré un elemento más allá de los cuestionamientos existencialistas. La sensación de frustración que aveces también comparto, de que una buena parte de las personas adultas de la sociedad mexicana parece haber sido vencida pro la mentira y la corrupción. “¿A quién admiro y para qué” me pregunta un chavo violinista. “¿A mi padre millonario, que es buena persona pero cree que el dinero es la vida, que los automóviles son la felicidad? a ese hombre incapaz de mirar el atardecer de darse tiempo para subir al Tepozteco y amar la naturaleza no puedo admirarlo.” Tanto ellas como ellos dieron ejemplos parecidos, sienten asco por la corrupción institucionalizada, porque las personas adultas insisten en culpar a las nuevas generaciones de irresponsables, pero son incapaces de la autocrítica, de la rebelión profunda y personalísima. “Cuidan su cuadrito” dijo Itzel, “son incapaces de ver que no les creemos nada, son obedientes del sistema, aunque les abrume y les sofoque, obedecen y no quieren decir basta”.
Recordé a los estudiantes mexicanos con quienes hablé hace un año en Los Ángeles. De entre ellos uno me conmovió profundamente. Alfonso, de 21 años dejó la carrera de Economía porque cada vez que leía los periódicos mexicanos no podía más que llorar; su madre le consiguió inútilmente un terapeuta. No encuentra salida para la violencia en México, para lo que él llama la pasmada mediocridad de la sociedad adulta. Sobre todo Alfonso no encuentra razones para estudiar e intenar poner “su semilla de cambio” porque la tierra no es fértil, porque los más poderosos son conservadores y quieren llevar a México hacia atrás, al neoliberalismo rampante, al control del Estado, al control del cuerpo y la mente d elos hombres y las mujeres. A un país así, Alfonso no quiere volver. Y ¿quién puede culparlo?

Recordé los años 70, cuando era niña, en el Distrito Federal. Mi madre, sicóloga, trabajaba con los adolescentes callejeros que vivían los ecos de Tlaltelolco y las desapariciones de estudiantes, de la represión y la desesperanza. Sabían y entendían mucho más de lo que sus madres y padres creían. Los medios de entonces mostraban el México que ordenaba Echeverría, pero se respiraba la incertidumbre. Algunos fumaban mariguana, otros simplemente no creían en los adultos y tiraron sus sueños a la basura. Otros se volvieron cínicos y se entregaron a la maquinaria del sistema como quien vende su alma al diablo y le reza a Dios para que nadie se entere.

Mi madre decía que los discursos no educan, la necesidad transforma y la esperanza se construye, así que organizó a varios grupos de chavos que ahora llaman “banda” para educar a niños en lo que en aquél entonces eras los cinturones de pobreza de la Capital y les llamaban las ciudades perdidas.

Hace unos años,cuando mi madre murió, a su entierro llegaron un par de profesores universitarios unos años mayores que yo.

Me contaron que mi madre les dijo  cuando ellos tenía 16 años, cuando eran “motorolos”, que si creían que los adultos eran una porquería y que el país se desmoronaba, se fueran a enseñar a las nuevas generaciones a inventar un país diferente. Y lo hicieron. Enseñaron a leer y escribir a una veintena de niñas y niños que vivían en los basureros. No cambiaron al país, pero tocaron las vidas de otros, eso le dio sentido a la suya propia. Tal vez allí está el secreto, al menos eso espero. Cuando yo tenía la edad de estos estudiantes que acabo de conocer en Londres soñábamos con una prensa libre, con que Televisa no fuera quien educase a la población con Muchacha italiana viene a casarse. En el Colegio madrid discutíamos nuestras libertades civiles y nuestras responsabilidades sociales.Soñábamos con que algún día cayera el PRI y nos gobernaran personas medianamente inteligentes y progersistas que utilizarían el poder para educar y transformar. Poco a poco cambiaron algunas cosas y emperoraron otras, que son resultado de décadas de corrupción. Sin embargo no hemos perdido al esperanza, ni las ganas de seguir dando la batalla. Mi encuentro en Londres con estas y estos jóvenes buscadores de la vida me llenó nuevamente de preguntas, de admiración por su arrojo y su valentía de no someterse al destino manifiesto a pesar del miedo. Deseo que encuentren  el canto de su propia revolución, tal y como yo y mis amigos lo encontramos en aquél entonces.

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