Archivo del marzo, 2008

Sexo para emperadores

24 marzo, 2008 por Lydia Cacho Ribeiro

Publicado en El Universal y otros 10 diarios, el 24 de marzo de 2008

Hace unos días estaba en Washington, por desgracia trabajando y no de vacaciones como miles de personas. En la capital política de Estados Unidos la broma de la semana era que Eliot Spitzer, ex gobernador de Nueva York, es un bruto porque es uno de los pocos políticos que necesita pagar por sexo con una mujer de 22 años. La broma se refiere al ambiente de las casas de gobierno y el Senado estadounidense. Una joven que trabajó en el Senado mientras estudiaba, me cuenta que tenía 21 años cuando entró de pasante. Una tarde un grupo de unas 30 estudiantes esperaban que los senadores demócratas y republicanos entraran al salón para conocerlas, más tarde sus secretarios las llamarían para ofrecerles el trabajo como aprendices. Maureen asegura que todas eran bonitas, delgadas y con personalidad. Fueron preseleccionadas por su aspecto y sus calificaciones universitarias. Muchas de estas jóvenes pasantes se convierten en amantes de congresistas, gobernadores y cabilderos; otras, incluso, encuentran marido entre ellos.

El gobernador neoyorquino tenía una historia de integridad. Fue procurador general y se convirtió en un personaje cuando logró arrestar a la familia Gambino, una mafia de Manhattan que mantenía el control de maquiladoras y camioneros. Más tarde su reputación como fiscal aumentó cuando logró resolver casos notorios de delitos de cuello blanco y corrupción en Wall Street. Spitzer denunció el fraude millonario de Richard Grasso, presidente de la Bolsa de Nueva York. Su fama y calidad moral parecían intachables. Leer el resto de la nota »

Mentes peligrosas

17 marzo, 2008 por Lydia Cacho Ribeiro

Articulo publicado el 17 de marzo en El Universal y otros 10 diarios del país
Lydia Cacho

Un guapo veinteañero aparece en pantalla disertando sobre las mujeres. Su opinión es que habría que averiguar quién les dijo a ellas que deben usar el cerebro. Otro hombre, en serie animada, aparece parado sobre una colegiala adolescente y se orina sobre el pecho de la niña mientras graban un video.

Para la cadena televisiva Sony los hombres mostrados en sus comerciales son héroes, según su nueva y exitosa campaña bajo los títulos Macho que se respeta y Mentes peligrosas. En ella aluden a los estereotipos sexistas más obsoletos y dañinos para la sociedad. El canal llega a 20 países y tiene más de 13 millones de suscriptores; transmite 24 horas al día para hombres y mujeres entre 18 y 34 años de mercados tipo ABC+. Es decir, un grupo social en cuyas manos estará el futuro del país.

Escenas diversas con mujeres hermosas y hombres atractivos, ambos muy jóvenes, las muestran a ellas como sociópatas misándricas. Al final de cada corto una voz femenina dice “Es cierto, nada más peligroso que la mente de una mujer. Seducimos, confundimos, manipulamos como sólo nosotras lo podemos hacer. Mentes peligrosas, Sony entertainment television rinde homenaje a la inimitable esencia femenina”. Su contraparte son varios cortos con hombres retratados como imbéciles emocionales, ejerciendo violencia psicológica y humillando a su pareja o a las mujeres en general. Al final de cada corto una voz masculina explica “Macho que se respeta, el nuevo espacio que Sony le dedica a los héroes como nosotros”.

Estas campañas no podrían salir en Estados Unidos sin que la empresa fuera vetada por organizaciones dedicadas a evitar y abolir la violencia de género y el sexismo. Los medios les evidenciarían por su publicidad retrógrada. Lo saben los directivos de Time Warner, propietaria del canal Sony, pero poco les importa porque el canal no existe en los Estados Unidos. Tiene su sede en Venezuela y para Latinoamérica puede producir basura sin temor a las reacciones sociales.

Lo mismo pensaron los publicistas de la empresa neoleonesa FEMSA, que produce la cerveza Tecate. José Antonio Fernández Carbajal, presidente del Consejo de Administración y director general, defiende la campaña que exhibe a los hombres como bobos mentirosos con la libido de un chimpancé, y a las mujeres como esposas objeto o como teiboleras.

La empresa cervecera cuyo código de ética interno asegura estar por la promoción de la equidad y los valores de la familia, se ha vuelto el hazmerreír de Monterrey, al ser exhibida el pasado 8 de marzo por organizaciones civiles que exigieron que los anuncios salieran del aire. A partir de este evento se ha propagado en el país la campaña ciudadana de sabotaje bajo la leyenda Los hombres y las mujeres no sexistas no bebemos Tecate.

La mente peligrosa detrás de estas ideas publicitarias es nada menos que Ana María Olabuenaga, autora de Soy totalmente Palacio. Esta exitosa publicista logró reunir a famosas para una campaña contra la violencia de género. ¿Recuerda a Carmen Aristegui con un golpe en el rostro bajo la leyenda Si le pegan a una, nos pegan a todas? Olabuenga es experta en el doble discurso misógino-androfóbico publicitario.

El impacto que estas campañas tienen en los adolescentes es incuantificable. La sociedad, los padres y madres que educan para evitar el sexismo y la violencia tienen una competencia desigual en los medios. Estos comerciales perpetuan un estereotipo de machismo y hembrismo, y lo venden como ideal. Las mentes peligrosas que refuerzan tales paradigmas los explotan sin el menor cargo de conciencia. Si la sociedad les cobrase la factura al no consumir sus productos, pensarían en cambiar de publicistas. Pero mientras el consumidor crea que no tiene poder sobre medios y fabricantes, ellos seguirán promoviendo la violencia y la discriminación. Umberto Eco ironiza: “Coman mierda, miles de moscas no pueden equivocarse”. De la misma forma las y los mexicanos podríamos decir a Sony y Tecate que no somos moscas.

La batalla invisible

10 marzo, 2008 por Lydia Cacho Ribeiro

Publicado en El Universal y otros 10 diarios el lunes 10 de marzo, 2008
Recibo flores con un mensaje “felicidades en tu día, por ser mujer.” Imagino que deben revolcarse en su tumba las socialistas norteamericanas y las rusas que desde 1808 hicieron del 8 de marzo el día de la mujer trabajadora. Dieron la vida por mejores salarios, por el derecho a la ciudadanía y al voto, por la igualdad legal.
La batalla de las mujeres por la equidad es ardua porque el sexismo imbricado en las leyes y la cultura parece invisible, y los grupos conservadores se han encargado de hacerlo, además de invisible, confuso. Está escrito en la constitución que México nació, políticamente, como un país de hombres, para hombres. Donde las mujeres no tenían derecho ni sobre su cuerpo ni sobre su libertad. No existen las ciudadanas, y eso no es ni casual ni único en la historia de la humanidad.

Cuando las y los negros en Estados Unidos se rebelaron contra la esclavitud se enfrentaron a un serio problema; en la constitución no aparecía la palabra esclavo, o esclavitud. En la realidad se les compraba, vendía y explotaba. Los gobernantes conservadores y racistas perpetuaron su visión del mundo en las leyes. En la Constitución las personas eran blancas, no hacía falta la aclaración. El gobierno norteamericano se autodenominó la tierra de la “libertad y el progreso”, así que en 1791 se escribió la famosa Carta de los derechos ciudadanos (Bill of Rights). En la cual tampoco aparece la esclavitud. La quinta enmienda garantiza que “ninguna persona puede ser privada de su libertad o de su propiedad sin un proceso de ley”. Culturalmente las y los negros eran propiedad, así que estaban excluidos de esa enmienda, hasta 1865.

La retórica de las constituciones envía un falso mensaje sobre la igualdad de derechos, mientras la sociedad perpetúa los valores de los más fuertes. En el caso de la discriminación racial, se necesitó una rebelión social que luego dio vida a una Rosa Parks, a Martin Luther King o a Malcom X. Pero los nombres de las heroínas de los derechos de la mujer no han sido reclamados como un logro de la sociedad, sino de las mujeres. Eso debería de resultar extraño, incluso para las y los historiadores. Leer el resto de la nota »

Respuesta a la desolación

04 marzo, 2008 por Lydia Cacho Ribeiro

Lydia Cacho
Me escriben hombres y mujeres de todas las edades, comparten su cariño y sus buenos deseos, pero también comparten su rabia, su impotencia. Algunos jóvenes me escriben asegurando que esta patria suya está podrida, que no hay salida, por eso no hay razón sostenible para arriesgar la vida, o el poco bienestar que se tenga para salvarla. O simplemente que no quieren hacer nada de nada, porque el futuro es desolador.

Durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) el pasado jueves 29 de noviembre de 2007, durante la presentación de mi libro Memorias de una infamia, un joven de unos 18 años nos escuchaba de pie, observándolo todo con interés. En el momento de charlar con el público él tomó el micrófono y con una honestidad bañada de angustia existencial preguntó “¿Para que seguir, Lydia, si ya perdiste en la Suprema Corte? Si ya ganó, otra vez la corrupción, yo ya no creo en nada ¿Cómo creer en México?”. Su pregunta rebotó en todo mi cuerpo, hacía apenas unas horas había escuchado el veredicto de seis jueces y juezas de la Suprema Corte favoreciendo al “Gober precioso” y a Kamel Nacif, el protector y socio del pederasta. Las lágrimas estaban agolpadas en mi garganta, pero me rehusaba a llorar, al menos en ese momento, porque yo, al igual que el resto de millones de mexicanas y mexicanos indignados ante la resolución, quería comprender, pensar en el siguiente paso, no desmoronarme y caer en los brazos de la tristeza y la incertidumbre.
Mirándole a los ojos le dije que cuando yo tenía su edad me pregunté lo mismo, y que ahora –veintisiete años después- sabía que valía la pena seguir intentándolo. No hubo tiempo para más.
Ahora que ustedes me escriben, que Mariana de 15 años pregunta lo mismo, no puedo sino recordar que cuando yo era niña y mi madre iba a la Universidad –que se pagaba con grandes esfuerzos- ella era una mujer entre cada 50 o 60 hombres. Yo tenía cinco años cuando la matanza de Tlatelolco, y luego vinieron las desapariciones forzadas y recuerdo la ebullición de mis tíos maternos, estudiantes entonces y los diálogos de miedo de las amistades de mi madre. Y yo sólo miraba y escuchaba. Leer el resto de la nota »

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