La necesaria esclavitud, Desfile de perversiones

13 diciembre, 2007 por Lydia Cacho Ribeiro Publicado en Textos de [email protected] [email protected] | Sin comentarios »

Publicado por Federico Reyes Heroles, en Diario de Yucatan, Reforma y otros diarios el Martes 11 de diciembre de 2007

Para ser libre se necesita ser esclavo, esclavo voluntario de la ley, de que la mejor fórmula para la convivencia social son las normas y los pronunciamientos de quienes leen las leyes oficialmente, de los jueces, magistrados y ministros. Parafraseo a Cicerón. Asumir esa esclavitud en ningún momento supone cancelar nuestro derecho a inconformarnos, a rebelarnos dentro de los propios marcos de la ley.

Si una ley nos parece injusta hagamos todo lo necesario para modificarla. Si un pronunciamiento jurisdiccional nos parece injusto acudamos a la próxima instancia y a la que le sigue. Agotemos todos los recursos. Pero si salimos derrotados no olvidemos que los verdaderos demócratas no caen en el denuesto institucional, menos aún en el personal o en los terrenos de la injuria, del insulto.

La semana pasada la Suprema Corte resolvió sobre uno de los asuntos que más han estremecido a la opinión pública en los últimos años. Me refiero a los atropellos, maltratos, vejaciones físicas y tortura psicológica que sufrió la periodista Lydia Cacho. Su caso fue además la llave que nos abrió la puerta a uno de los horrores máximos en los que puede incidir el ser humano: la pederastia.

Lydia Cacho se convirtió así en la punta de lanza de una batalla contra esa infamia protegida por las redes del poder. Para aclararle al lector posiciones debo decir que no conozco a Cacho, sí su obra de denuncia. Tampoco conozco a Marín, ni me interesa. Sí en cambio conozco a varios de los ministros de la Suprema Corte, entre ellos a la ministra Sánchez Cordero, la conozco desde hace muchos años.

Como todos sabemos la Corte resolvió que no había una violación grave de las garantías individuales en tanto que no se podía probar la orquestación por parte del gobernador de las autoridades judiciales locales y de la procuraduría estatal. En el razonamiento fue clave el hecho de que la Corte no puede resolver basándose en pruebas que se obtuvieron ilegalmente, para el caso las grabaciones por todos conocidas.

Lo único que la Corte resolvió es que no se podía acreditar esa orquestación que hubiera podido llevar a la decapitación de dos poderes en el estado de Puebla. No se niega la ilegalidad del traslado ni la existencia de los horrores que vivió Cacho, pero para la Corte no quedó demostrada con pruebas legales la confabulación de los dos poderes. La ministra Sánchez Cordero argumentó en este sentido. El pronunciamiento en ningún momento impide o cancela que Cacho pueda seguir otros caminos para defender su caso y menos aún que la pederastia no sea investigada.

Bastó este impopular pronunciamiento de la Corte para que se desatara una andanada que va desde lo más burdo —la Corte está controlada por Beltrones— al verdadero insulto personal. De pronto la misma Corte que tantas loas se llevó por echar abajo la llamada Ley Televisa es ahora una cueva de cómplices de la pederastia organizada. ¿Por fin? Se desnudó así la fragilidad de nuestras conciencia ciudadana y jurídica.

La Corte no está allí para resolver según la popularidad de los casos en la opinión pública. Si así fuera ¿dónde terminaríamos?, sería el equivalente a la arena romana o a los patíbulos públicos. Espectáculo, no argumentos fue la exigencia. Sin mirar la complejidad de la decisión se desnudó que algunos a habían decidido lo que la Corte debía decidir.

Los denuestos, insultos y demás bajezas contra Sánchez Cordero fueron además particularmente absurdos, producto o de la mala fe o de una brutal ignorancia. Por ejemplo, a la ministra se le exigió que fuera solidaria con su género, es decir, que debía anteponer un criterio “feminista” a la estricta aplicación de la ley. Antes que decir derecho, ella debía ratificar su carácter de mujer.

¿Qué ocurriría si a los ministros varones se les exigiera algo igual? Se le reclamó carencia de “sentimientos maternos” y falta de buen gusto. Y se le acusó por ser “glamorosa” (¿?). Ahora se deberá establecer en los requisitos constitucionales para ser ministro el no ser “glamoroso”. Por favor más seriedad.

Seguramente recibió un telefonazo de Kamel Nacif o de más arriba, se aseveró en lo que es una franca especulación perversa. “… Digan las normas lo que digan, la resolución es una inmoralidad”. Ahora resulta que la moralidad de cada quién es la que debe privar antes que la letra de la ley.

Otra chulada argumentativa es que con esta decisión de la Corte se da una clara señal a favor de la impunidad y sobre todo un espaldarazo a la pederastia. Son demasiadas marometas para poder arribar al prejuicio que ya se lleva. O, peor aún, esto le da indirectamente la razón a AMLO y a muchos otros ciudadanos y agrupaciones, incluidas las guerrillas, en el sentido de que nuestras instituciones presentan un avanzado grado de putrefacción. O sea que la resolución de la Corte justifica, la subversión, el terrorismo, el asesinato para poder arribar a una “auténtica democracia”.

La decisión de la Corte entristece porque muchos deseamos algún castigo a lo que suponemos fue una asquerosa confabulación entre el gobernador y sus “cuates”, la procuraduría y el legislativo estatal. La violación a los derechos humanos básicos, en este caso la detención y traslado en condiciones indebidas de Lydia Cacho, es un duro recordatorio de una realidad cotidiana que atenta contra cualquiera, un recordatorio de la impunidad.

La investigación sobre pederastia es un pendiente nacional. Pero esa tristeza por lo fallido del recurso jurídico no justifica el desfile de perversiones argumentativas que hemos visto. Olvidar la esclavitud necesaria pone en riesgo nuestra libertad.— México, D.F.

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