Dos mujeres

09 diciembre, 2007 por Lydia Cacho Ribeiro Publicado en Noticias, Textos de [email protected] [email protected] | Sin comentarios »

Publicado por Jean Meyer en El Universal, el 9 de diciembre de 2007

No se trata solamente de dos personas, dos individuos, dos existencias, se trata también de principios fundamentales, de los derechos a la libertad, seguridad, expresión, y de la justicia, de su impartición y de la responsabilidad, frente a las instituciones, a la sociedad y a su conciencia de los que dicen el derecho.

Pero no hay que olvidar nunca que se trata también de personas; la primera se llama Ingrid Betancourt, la segunda se llama Lydia Cacho.

¡Que fin de semana! Hace ocho días, más o menos, el presidente Putin daba su golpe de Estado “seco”, un dos de diciembre, como en 1851, cuando el presidente de la república francesa, el muy popular Luis-Napoleón, al no poder reelegirse acabó con la república y fundó un Imperio que le costó muy caro a México.

Hace ocho días, más o menos, los presidentes de Bolivia y Ecuador emprendían el mismo camino. Vimos en la pantalla la trágica figura de Ingrid Betancourt, secuestrada desde hace más de cinco años por las siniestras Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia que algunos persisten en considerar de izquierda.

Y pudimos leer la larga y terrible carta que escribió hace un mes a su madre, a sus hijos, a su difunto padre. El texto completo se encuentra en el sitio de elpais.com y también en lemonde.fr.

“Aquí vivimos muertos. Estoy mal físicamente, no he vuelto a comer, el apetito se me bloqueó, el pelo se me cae en grandes cantidades… la precariedad es la única constante.

En cualquier momento dan la orden de empacar y duerme uno en cualquier hueco, tendido en cualquier sitito, como animal… En esta selva la única respuesta a todo es “no”. No a un libro… en las requisas le quitan a uno lo que más quiere, una carta tuya me la quitaron después de la última prueba de supervivencia en 2003. Los dibujos de Natasha y Stanis (sus sobrinos), las fotos de Mela y Loli (hijos suyos), el escapulario de mi padre…

Cada día me queda menos de mi misma… La vida aquí no es vida, es un desperdicio lúgubre de tiempo. Vivo o sobrevivo en una hamaca tendida entre dos palos y con una carpa encima que oficia de techo… Todos estos años han sido terribles, pero no creo que podría seguir aún viva sin el compromiso que nos brindaron a todos los que aquí vivimos muertos”.

En nuestra impotencia no nos queda más que el deber de recordar cada día a Ingrid Betancourt y a los miles de secuestrados por las FARC.

El viernes 30 de noviembre estaba saludando a Jorge Zepeda en el pasillo del hotel Hilton, en Guadalajara, en la Feria Internacional del Libro, cuando sonó su celular: le estaban comunicando el infame dictamen de nuestra Suprema Corte de Justicia, mejor dicho porque la institución no tiene la culpa, el infame dictamen de seis ministros de la Corte.

Para estos seis no hay elementos para responsabilizar al gobernador de Puebla, el priísta Mario Marín. La comisión investigadora dirigida por el ministro Juan Silva Meza acumuló más de mil páginas de una documentación que le permitió concluir que, de manera indubitable, el gobernador poblano había violado los derechos de la periodista y escritora Lydia Cacho.

Y ahora resulta para seis ministros, cuatro hombres y dos mujeres, que ¡no hay elementos para responsabilizar a Mario Marín y a su gente de violar garantías constitucionales y derechos de Lydia Cacho! ¡Honor y gloria para los ministros que siguieron a Juan Silva Meza y que se llaman José Ramón Cossío Díaz, Genaro Góngora Pimentel, José de Jesús Gudiño Pelayo.

Vergüenza para los ministros llamados Salvador Aguirre Anguiano, Mariano Azuela, Margarita Luna Ramos, Guillermo Ortiz Mayagoitia, el presidente de la Suprema Corte que soltó una carcajada de alivio y satisfacción (al estilo “¡misión cumplida!) cuando terminó la votación, la señora Olga Sánchez Cordero quién dijo que si bien hubo tortura psicológica de Lydia Cacho, no se puede inferir la participación del gobernador, y el señor Sergio Valls Hernández para quién no existen evidencias plenas de violaciones a las garantías de Lydia Cacho, sólo suposiciones.

En la misma noche, en Puebla, políticos y empresarios festejaron con champagne la victoria de su jefe, socio y amigo, el gobernador por el PRI. Y me acordé de cómo saltaron los corchos de las botellas de champagne, en febrero de 1913, en ciertas casonas cuando se supo la noticia de la muerte del “enano” Madero.

¡Qué hubieran dicho Blas Pascal, él que no perdonó a los jesuitas su casuística, no en su principio, sino en su práctica oportunista y acomodaticia con los intereses de los poderosos y grandes de este mundo! ¡Qué hubiera escrito José Vasconcelos con su pluma flamígera¡ ¡Qué hubiera dicho y escrito Mariano Azuela, el autor del libro inmortal Los de Abajo, el antepasado del ministro que acaba de absolver a Mario Marín! Ese Mariano Azuela, médico de los pobres, incorruptible, intransigente, cristiano sin Iglesia, porque se había alejado de una institución que, al comprometerse demasiado con el mundo, olvidaba al Evangelio y las enseñanzas de su divino maestro.

Y ahora ¿qué va a ser de Lydia Cacho y de sus testigos, esas víctimas de los pederastas, pedófilos y traficantes de carne humana fresca y tierna? ¿Van a tener que pedir asilo en los Estados Unidos o en Francia? El generoso gobernador poblano asegura que no buscará revancha: “como abogado, como gobernador del Estado y como ciudadano, reconozco en la Suprema corte de Justicia de la Nación a un tribunal colegiado, garante del control constitucional y promotor de la vigencia del estado de derecho. Queda demostrado con la experiencia, que le respeto a nuestras instituciones y a las decisiones que de ellas provengan, son la vía para contar con un México de progreso”.

Muchas gracias, señor gobernador, por esa lección de civismo. Me imagino que hubieran dicho él y su abogado Alonso Aguilar Zinder si el fallo le hubiese sido contrario.

Lo más grave es lo que el caso revela: en cualquier país democrático, el gobernador habría renunciado a la hora de escucharse en radio su conversación con quién lo llamó “gober precioso”; de no haberlo hecho, su partido le habría exigido la renuncia; y si no, los electores habrían castigado al partido. Acuérdense de Ingrid y de Lydia. Siempre.

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Profesor investigador del CIDE

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