Seis de 10 y por separado

07 diciembre, 2007 por Lydia Cacho Ribeiro Publicado en Noticias, Textos de [email protected] [email protected] | Sin comentarios »

Publicado por: Raúl Cremoux, en El Universal, el 7 de diciembre de 2007
Últimamente nos habían dado satisfaccio-nes que merecemos como sociedad. No tenían por qué vaciarnos de esperanza. Pésimamente repartida desde siempre en este país, la justicia es un bien raro, escaso y hasta desconocido para los indígenas, los marginados y las mujeres. Y precisamente, quizá por ser mujer, no fue tan difícil echarle montón hasta en número de seis ministros de la Corte.

Ningún servidor público debería admitir la jerga que telefónicamente sustentó Kamel Nacif con el gobernador Marín de Puebla. Mil veces repetida y otras tantas analizada, era suficiente para dictaminar la abundante podredumbre y la nula condición ética de quien, debiendo servir a los poblanos, descendió para darle un “coscorrón” a una periodista que, acuciosa y con rigor, daba a conocer a un protector de pornografía infantil y su hedionda red.

Su calvario posterior la hizo pasar de acusadora a acusada y, por consiguiente, víctima de las atrocidades que relata en su más reciente libro, Memoria de una infamia. Inexplicablemente atraído hasta la Suprema Corte, ahí donde se dicta la verdad legal, el caso fue ventilado por 10 preclaros entendimientos ejercitados para distinguir entre lo blanco y lo negro; largamente experimentados en saber cuáles son los límites que separan a la virtud del vicio; en suma, seres que por la trascendencia de sus juicios valorativos pueden arrojar sombras o luces sobre la sociedad.

Una vez pronunciados sobre la inocultable bajeza del procedimiento de los poderosos contra una sola mujer, hicieron descender sobre todos nosotros el rayo que atestigua la decadencia moral que reina en los pasillos y las salas de la justicia.

Ahora, y quizá con razón, ese cuerpo colegiado pide que sean vistos y valorados cada uno por su voto y no por su conjunto. Sea de ese modo: entendieron que se violaban gravemente los derechos de Lydia Cacho los señores Juan Silva, José Ramón Cossío, Genaro Góngora y José de Jesús Gudiño.

En la otra orilla, aquella que les impidió mirar lo que vemos los simples y llanos mortales, Mariano Azuela, Sergio Valls, Guillermo Ortiz Mayagoitia, Salvador Aguirre y dos damas, Olga Sánchez y Margarita Luna, se acurrucaron en interpretaciones de las leyes para exonerar a esa bien tejida telaraña en la que participaron jueces, policías judiciales, empresarios y altas autoridades poblanas contra quien había osado denunciar lo verdaderamente importante de todo el caso: el abuso sexual al que someten a niñas y niños. Esto es lo trascendente.

Ni siquiera se ha exigido una amplia, profunda investigación para conocer y castigar lo más podrido contenido en 387 expedientes de abusos contra menores. Y tal número es la punta de una montaña incólume en la que se abastecen los profanadores de la inocencia infantil.

Al alcance de cualquiera que se interese, la página de la Suprema Corte puede revelar los ires y venires de los argumentos ministeriales; la astucia de distinguir entre violaciones menores y mayores; la agudeza del ministro Aguirre para señalar que la tortura se aplica en el país a miles de personas, ¿por qué se queja esa señora?; el reconocimiento de la ministra Luna (¿o es Olga Sánchez?), quien deja ver que los traslados obligatorios y en manos de judiciales de Quinta Roo a Puebla nunca son cómodos.

¿Se puede continuar oyendo, leyendo esos textos que no pueden ocultar la degradación moral y el desinterés ministerial por encontrar la verdad?

Escritor y periodista

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